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La expulsión española de los judíos de 1492: una acusación exagerada para ocultar las que hicieron los demás

por en Historia

Alberto G. Ibáñez

Autor de los libros: “La Conjura silenciada contra España” y “La leyenda negra: Historia del odio a España”.


“Unos crían la fama, y otros cardan la lana”. Lo primero que hay que precisar es que la expulsión española no fue exactamente tal, pues sólo se expulsaba a quien no se convertía. Por tanto, no iba dirigida contra una raza distinta o contra las personas, sino que se trataba de un instrumento para forzar la conversión de esas mismas personas con su misma raza a otra religión, de fortalecer la unidad política del país, para lo que no podían permitirse ni sectas, ni guetos, ni grupos con reglas separadas. Para la visión moderna esta “oferta” hoy podría parecer poco generosa, pero podemos preguntarnos si en pleno siglo XXI no se ocultan otros fenómenos similares que no incluyen (por ejemplo, en el propio conflicto palestino-israelí) ninguna posibilidad semejante de asimilación a cambio de conversión.

Los judíos no podían considerarse un pueblo perseguido ni sometido en la España de entonces. Antes de 1492 estaban exentos de pagar el diezmo, y los que vivían voluntariamente en guetos (que no eran ni mucho menos todos) tampoco pagaban impuestos municipales. Eran propietarios de tierras, una posibilidad (la de poseer tierras) que les era negada a los judíos en otros países de Europa, incluso hasta siglos después. Elegían sus propios representantes, tenían legislación propia y, al menos, hasta 1476 nombraban también a sus propios jueces para dirimir sus conflictos comerciales. Después de esta fecha siguieron contando con una jurisdicción especial protegida por la Corona. La Inquisición no podía tocarlos salvo en casos de sobornos a cristianos o blasfemia. En los negocios tenían ventaja al poder aplicar unas tasas de interés más altas que las permitidas por la ley para los cristianos. Ocupaban altos cargos en la recaudación de impuestos y en las administraciones reales y señoriales (ver F. Fernández-Armesto, 2010, p. 100).

Por el contrario, mucho antes y mucho después de la famosa expulsión “española” las restricciones a la vida de los judíos eran moneda corriente en toda Europa. De hecho, las expulsiones empiezan en Inglaterra y Gales (1290) y en Francia (1182 y 1306) y luego siguen en Viena (1421) y otras zonas de Europa central y del este. Todavía en pleno siglo XVIII, existía en la ciudad de Fráncfort un estatuto, que se mantenía vigente desde la edad media y que limitaba el número máximo de familias judías a 500, las cuales debían vivir además en un gueto amurallado dentro de la ciudad: el Judengasse. Estaba limitada su libertad de movimientos (no podían salir del gueto por la noche ni los domingos), vivían hacinados, también tenían limitadas ciertas actividades económicas, entre las que se incluía trabajar la tierra, y hasta 1726 tuvieron que llevar señales identificativas. Nada de esto pasó en España.

Si cabe hablar de antisemitismo su origen surge en su caso en el IV Concilio de Letrán (1215) que alertó del peligro del trato económico y matrimonial con los judíos. Estas disposiciones no comenzaron a aplicarse en España hasta un siglo después (sínodo de Zamora), lo que habla de la resistencia en España a ver al judío como un enemigo (J. Pérez, 2014, pp. 96, 77). Quizás por ello la Comunidad judía de España llegó a ser la más numerosa de toda Europa en el siglo XIII. De hecho, los Reyes Católicos nunca quisieron acabar con los judíos —muchos de los cuales eran amigos suyos— ni pensaron que fueran tantos los que prefirieran dejar el país que cambiar de religión, aunque más de la mitad se quedasen. Sus más estrechos colaboradores eran judíos, e hicieron todo lo posible para convencerles de que se mantuvieran a su lado. A fin de cuentas la alternativa, el cristianismo, no era ajena ni extraña al judaísmo. Por el contrario, había nacido como una secta judía, y compartían como texto sagrado principal el Antiguo Testamento. En todo caso, no fue, como se ha dicho, una estrategia exclusivamente castellana o de la Reina Isabel y no de Fernando. Hay que recordar que ya Ramon Llull en el siglo XIII propuso liberar a los judíos de la influencia de los rabinos y “expulsar a los judíos recalcitrantes” (citado por H. Thomas, 2003, p. 98, ver también p. 101).

Las cifras de afectados también han sido manipuladas para engrandecer…, la mala fama española (hispanofobia). Lo cierto es que a estas alturas está claro que los conversos superaron en mucho a los expulsados y que la conversión empezó desde bastante antes, al menos desde la política de Sisebuto (612), la revuelta antijudía de 1391 o la disputa de Tortosa de 1412-1414. Todo ello da una cifra total de conversos, según Isaac Abravanel, de unos 600.000 a finales del siglo XV aunque otras fuentes disminuyen este número a 400.000 (B. Nétanyahou 1995, p. 1102). En todo caso, el número de judíos era muy importante en la España de entonces (dentro de una población de unos cuatro millones en el Reino de Castilla y ocho millones en el conjunto de España), de los que decidieron irse fueron una minoría (entre 50.000 a 160.000, según los autores), quedándose por tanto la mayoría (al menos un 60%). Esta imagen viene respaldada por estudios colectivos rigurosos y recientes de genética de poblaciones, que demuestra que el 19,8% de la población española actual tiene sangre judía ―mientras solo el 10,6% sería de herencia morisca, del norte de África― lo que sería imposible si la expulsión hubiera sido mayoritaria.1 Lo que no se habla es del trato que recibieron por parte de los judíos ortodoxos (algunos de ellos nunca vivieron aquí) los que eligieron la conversión. Aquí sí que puede hablarse de pueblo injuriado y menospreciado sin matices.

Los judíos que decidieron convertirse llegaron incluso a ser famosos, alcanzando, una vez convertidos, dignidades como altos funcionarios del Estado, profesores de la Universidad o incluso pasaron de rabinos a obispos (el rabino Ha-Levi se convirtió en obispo de Burgos, puesto que heredó su hijo ya llamado su hijo Alfonso de Cartagena), además de poder continuar en la actividad del comercio. De hecho, muchos de los apellidos judíos españolizados-castellanizados de entonces (los Santángel, Coronel o De la Caballería) siguen estando presentes en la élite social y económica de la España de hoy, algunos/as incluso con título nobiliario. Entre los procedentes de familias de conversos se ha incluido nada menos que a Francisco de Vitoria, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Cervantes, Fray Luis de León, Fernando de Rojas, Diego de Velázquez, incluso al mismísimo Franco.2 Nada que ver por tanto con ningún holocausto (como llega a acusar B. Nétanyahou) ni con actitudes “racistas”. En definitiva, si España-Sefarad hubiera tratado tan mal a los judíos, ¿cómo es posible que siglos después, en pleno siglo XXI, todavía los sefarditas hayan conservado la lengua española y parte de su cultura?

Los españoles de hoy miran a los sefarditas con orgullo, y los consideran hermanos que comparten la misma lengua; de hecho, les hemos concedido la nacionalidad. Nadie los llevó aquí a campos de concentración para exterminarlos. Y, sin embargo, una expulsión como mucho parcial y matizada de hace más de 500 años pesa todavía sobre nuestras cabezas, mientras otros hechos, mucho más modernos y execrables, claramente identificados, pasan desapercibidos (la expulsión de los protestantes de Francia a finales del siglo XVII) o se toman como exabrupto que ni de lejos representan al sentir ni a la imagen de la nación responsable (Alemania en el siglo XX). Por qué ¿a España la tratan de forma diferente? Tampoco seríamos muy antisemitas cuando muchos banqueros judíos hicieron pingües negocios con españoles desde muy pronto. Un claro ejemplo son los Rothschild y su agente para España Daniel Weisweiller. Meyer Amschel Rothschild (1744-1812) fundó en 1760 el Banco Rothschild —nombre que hace referencia al “escudo rojo con un águila romana” que colgó su padre en la puerta de su primera tienda— en la ciudad de Francfort. En 1820 fueron encargados por el gobierno español de sus pagos en el extranjero. A partir de ese momento se inició una fructífera relación que permitiría a los Rothschild beneficiarse (junto a sus socios españoles) de la financiación de la deuda pública española, del monopolio mundial de mercurio y de las colonias españolas, entre otros negocios (A. de Otazu, 1987).

Y sin embargo, errores propios aparte, ¿está en condiciones el Estado de Israel de dar ejemplo? En la guerra de 1948 tendente a ocupar el territorio que consideraba propio, ocasionó el desplazamiento de más de 750.000 árabes, en ocasiones con una violencia ciertamente intensa que produjo muchas muertes, especialmente en Lod, Deir Yassin, Abu Shusha y Dawaymeh (A. Wolfe, 2013, pp. 303, 304). Puede alegarse que Israel buscaba con esas acciones consolidar un Estado fuerte y cohesionado en torno a una única religión, pero esto mismo es lo que intentaba la España de hace 500 años, que salía de un dominio árabe de 700 años. Los palestinos de hoy, como los judíos de entonces, eran un pueblo sin Estado.

Por último, conviene preguntarse ¿“Cui prodest”?, ¿a quién benefició la expulsión de los judíos? No ciertamente a España, que perdió a un potente sector industrial y financiero y ganó un importante enemigo (al menos como grupo de presión), tampoco a los sefarditas. Los que se beneficiaron fueron los banqueros holandeses que se quedaron sin competidores internos a la hora de prestar a los reyes (otro gallo hubiera cantado para España de haber tenido una banca propia), y también los países europeos receptores que se beneficiaron de un conjunto de emprendedores comerciantes, que además llevaban consigo una cultura y una filosofía muy profunda que habían aprendido en España. Es más, el Renacimiento pudo tener lugar gracias en parte a la cultura (española) que los sefardíes expulsados de España repartieron por el mundo pues eran los portavoces finales de un mundo que desaparecía: el de las tres culturas, el que había traducido a los griegos a través de los árabes, el de la cultura judeo-cristiana, el fundamento a fin de cuentas de toda la cultura occidental. Y ello a pesar del ambiente que se respiraba en Roma contra los judíos…

A partir de aquí la exaltación de la leyenda de la expulsión hispana sólo puede entenderse en clave geoestratégica cultural para favorecer la imagen de otras potencias, tanto o más culpables, o de manipulación consentida por el propio pueblo judío por razones que se nos antojan oscuras o, al menos, parcialmente inexplicables.

1 Susan M. Adams et alt, “The Genetic Legacy of Religious Diversity and Intolerance: Paternal Lineages of Christians, Jews, and Muslims in the Iberian Peninsula” The American Journal of Human Genetics 83 (2008), pp. 725-736 (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2668061/)

2 Sir Samuel Hoare, embajador británico en España durante la II Guerra Mundial (y vizconde de Templewood) definió a Franco como “a young officer of Jewish origin” (1946, p. 49).


Bibliografía citada

-Felipe Fernández-Armesto,1492: El nacimiento de la modernidad, ed. Debate. Barcelona, 2010

-Samuel Hoare, Ambassador on Special Mission, ed. Collins, Londres, 1946

-Benzion Nétanyahou, The Origins of the Inquisition in Fifteenth Century Spain, ed. Random House, Nueva York, 1995

-Alfonso de Otazu, Los Rothschild y sus socios en España [1820-1850], ed. O. Hs, Madrid, 1987

-Joseph Pérez, Historia de España, ed. Crítica, Barcelona, 2014

-Hugh Thomas, El imperio español. De Colón a Magallanes, ed. Planeta, Barcelona, 2003.

-Alan Wolfe, La maldad política. Qué es y cómo combatirla, ed. Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores, Barcelona, 2013

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