Revista de prensa
Augusto Prego de Lis, Director del Observatorio sobre Gibraltar·3 de agosto de 2026
Conviene empezar por lo que el derecho internacional dice sin ambigüedad. Gibraltar es un Territorio No Autónomo inscrito por la ONU desde 1946 en la lista de descolonización pendiente: una colonia, con nombre y expediente. Ceuta, en cambio, es territorio español de pleno derecho, incorporado al orden constitucional y ausente de esa lista. Cualquier reclamación marroquí carece del respaldo jurídico que a España sí le asiste sobre el Peñón, ante el mandato del C-24 de iniciar una negociación para acabar con la situación colonial mediante la reintegración en España. Son dos situaciones opuestas. Y, sin embargo, empiezan a discurrir en paralelo.
El Tratado UE/Reino Unido sobre Gibraltar, lejos de descolonizar, consolida el hecho colonial: normaliza institucionalmente al Gobierno del Peñón y preserva la baza militar británica, sin devolver a España un ápice de soberanía. Se blinda el statu quo bajo apariencia de acuerdo técnico. España ha reconocido la existencia de un territorio autónomo bajo soberanía británica en un punto clave de su Seguridad Nacional: el Estrecho, centro neurálgico del eje Canarias-Península-Baleares.
Apenas quince días después, Ceuta está sufriendo la mayor entrada de su historia: unas 60.000 personas en pocos días, con decenas de muertos. Marruecos lo atribuye a la desinformación y a las redes de tráfico. No hace falta un plan secreto para inquietarse: basta la convergencia pública de presiones. Un informe de la Comisión de Apropiaciones de la Cámara de Representantes describe negro sobre blanco a Ceuta y Melilla como ciudades «administradas por España» pero «situadas en territorio marroquí», y pide a Rubio que medie sobre su «estatus futuro». No es vinculante, pero es la primera vez que Washington cuestiona por escrito la españolidad de las dos ciudades. El mismo texto reprocha a España su gasto en la OTAN y su negativa a ceder bases contra Irán.
A esa presión se suma la simpatía anti-Sánchez que hoy circula por Washington y Jerusalén, alimentada por la posición española sobre Gaza. El embajador israelí ante la ONU llegó a preguntar por qué España «mantiene enclaves coloniales en África». Marruecos no necesita que nadie le empuje: le basta con leer el clima. La crisis de Ormuz sirve de gatillo detonador. Ante la realidad de que el control de los estrechos internacionales sigue siendo clave aun en la descontrolada geopolítica del primer tercio del siglo XXI, el dominio del estrecho de Gibraltar es visto como decisivo por Washington y Tel Aviv. Y Marruecos lo sabe, y juega a aprovecharlo.
El riesgo estratégico es evidente. Fronteras erosionadas, presión migratoria permanente y una soberanía española puesta en duda desde fuera son los ingredientes con los que, andando el tiempo, se fabrican los hechos consumados. España defendió siempre que Gibraltar es una cuestión de integridad territorial. Enfrentada ahora a la subterránea hostilidad de los objetivos marroquíes, cuyo gobierno está dispuesto incluso a sacrificar a su juventud sin futuro como ariete, España está obligada en no dejar que Ceuta se convierta, por dejadez, en su reflejo invertido. Hay que actuar, y hacerlo de una manera que deje claro a los ceutíes y, paralelamente, a melillenses y canarios, a los países europeos y al resto de la comunidad internacional, que ni España es Ucrania ni Marruecos es Rusia, y que ningún chantaje doblegará el juramento de muchos españoles: «si preciso fuera, entregar nuestra vida en defensa de España».
Artículo publicado originalmente en Augusto Prego de Lis, Director del Observatorio sobre Gibraltar el 3 de agosto de 2026.