Revista de prensa

El Nacional·7 de septiembre de 2026

De Ceuta a Ceuta… Cuando la toponimia nos habla

Un recuerdo de infancia con el Almanaque Mundial de 1975 sirve de hilo conductor para explorar los vínculos históricos entre Ceuta —la española y su tocaya venezolana en el lago de Maracaibo— y para analizar, a la luz de la reciente crisis migratoria del 30 de julio, las tensiones entre España y Marruecos por la soberanía de la ciudad.

En 1975, cuando iba a cumplir once años y a punto de entrar en 6.° grado de primaria, una vecina que estaba en bachillerato y que ya se había enterado de que me había tocado la maestra Gladys Andrade de Rui, me advirtió que pidiera de regalo una obra indispensable para la sabiduría humana y altamente provechosa para mi carrera académica: el Almanaque Mundial, de Ediciones Continentales… El libro era un compendio de datos, organizados por continente, que iba describiendo, país por país, todo lo que se necesitaba para entender dónde uno estaba parado. Literalmente se me abrió el horizonte: por primera vez, conocí con avidez los mapas de las naciones, su capital, su población, su idioma y su religión… y sus conflictos.

Dicen que la información da poder. Lo que no dicen es que quien diseñó y propagó ese contenido subordina al receptor de esa información —sobre todo al que se está formando o al que no tiene otras fuentes— en un repetidor de preconceptos, prejuicios o verdades mal digeridas.

Mi afición por ese libro, tan poderosa como la fiebre por los capítulos de Jacinta Pichimahuida y Tierra de gigantes, me llevó a entender por qué, de la noche a la mañana, a Barquisimeto llegaron tantos “portugueses de Angola” o por qué la dictadura de Pinochet había vuelto tan larense la “empanada chilena”… También por qué algunos de los padres de mis amigos —el isleño Juanma y el rojo Carles Albert Puig— andaban tan nerviosos por la inminente muerte del Paticorto, un tal Francisco Franco, de cuya dictadura llegué a oír barbaridades como que había expulsado de España al grupo infantil La Pandilla, por faltarle el respeto con aquello de “el alacrán te va a picar”…

Básicamente, esas páginas, disfrazadas de datos históricos, accidentes geográficos y divisiones políticas, me hicieron alinearme con la lucha por la descolonización de la Guayana Holandesa, las Malvinas, Rhodesia del Sur o el Territorio de los Afars y de los Issas, que debían sumarse, tarde o temprano, a los entonces 144 países independientes del mundo; todo con la esperanza frívola, de mi parte, de que el Almanaque del próximo año fuera más enjundioso y más sabio… y que Venezuela destacara en sus famosos rankings, donde solo aparecíamos como campeones del petróleo y por el Salto Ángel, pero en nada más…

Al final de la descripción de cada país, el Almanaque tenía una sección dedicada a las colonias, llamadas así en algunos casos, pero con matices en otros. Así pues, en la sección correspondiente a Gran Bretaña, Estados Unidos o Francia se resaltaba como “territorio en disputa” el peñón de Gibraltar; como “estado libre y asociado”, a Puerto Rico, y como “departamentos de ultramar”, a Reunión, Martinica, Guadalupe y la Guayana Francesa. En cuanto al Estado español (nombre oficial de entonces), aparecían como “enclaves” o “plazas africanas” dos ciudades: Ceuta y Melilla, localidades que tienen ecos por estos lados del Atlántico.

Más allá del nombre…

“En tus playas navegué / en una linda canoa / a Ceuta puse la proa / y en Ceuta yo me quedé…”, decía una gaita famosa de los Cardenales del Éxito en 1986, año en el que me gradué de periodista, lo que significó para mí un enorme reto para mis “conocimientos” geográficos… “¿Por qué unos zulianos le cantan a “una colonia española” en África?”, me preguntaba, a la vez que afinaba el oído para seguir el coro: “Existe un pueblo situado / allá en la costa oriental / parece se va a acabar / pues lo tienen marginado / Ceuta, a ti ya te han borrado / de aquel mapa nacional…”. De esa manera me enteré de lo que el Almanaque Mundial 1975 y sus sucesivas ediciones me ocultaron: que en tierras venezolanas, al sur del estado Zulia, también había una Ceuta, donde se comía el mojito en coco.

Con el nombre de Ceuta del Agua apareció una ranchería de pescadores en el sur del lago de Maracaibo en la segunda mitad del siglo XVIII. Como otras poblaciones de la zona, Ceuta está levantada lago adentro, asentada sobre palafitos, lo que la hace muy pintoresca. Culturalmente, Ceuta se parece a otros pueblos de la región, como Palmarito, La Ceiba, Bobures y Gibraltar: con una fuerte influencia africana y una devoción principal a san Benito de Palermo, uno de los primeros negros en entrar en el santoral católico.

La actividad petrolera y la consecuente contaminación del cuerpo acuífero han hecho que la actividad económica principal de la zona, la pesca, se haya visto disminuida; como tal, también ha caído su población.

Pero ¿por qué Ceuta? Nadie tiene una respuesta certera, pero la reduplicación del nombre en tierras americanas —incluso en Filipinas— fue un fenómeno común en la expansión del Imperio por el mundo: en nuevos paisajes, entre otros pueblos, España se reprodujo a sí misma, tal como lo dice la historiadora María Elvira Roca Barea.

Málaga es la ciudad peninsular con más homónimas en estos laragatales, once en total. Le siguen San Sebastián (9), Valencia (10), Zaragoza (8), Toledo (8), Sevilla (7), Salamanca (7), por no hablar de Segovia (en mi querida Barquisimeto), Barcelona, Trujillo y Mérida… ciudades cercanas a la Ceuta lacustre, que tiene una prima en Sinaloa (México), otra en Cundinamarca (Colombia), y dos en Villa Clara y Holguín (Cuba), todas en honor a la ciudad en la costa africana, española desde 1668, mucho antes de que naciera el actual Reino de Marruecos y cuyas tocayas americanas solo revelan que, como hispánica, también dejó su marca en nuestra toponimia.

Bajo esta luz, la presencia de una Ceuta y una Gibraltar en el lago de Maracaibo adquiere una dimensión profunda. No se trata de un capricho cartográfico, sino de la prueba tangible de que el Imperio español no fue una máquina de extracción, sino un motor de creación y expansión cultural. Como señala Gustavo Bueno, “el Imperio español desapareció hace cien años [para 1998], pero queda flotando como ‘comunidad hispánica’ y esta es ya una alternativa real al islamismo tercermundista y al protestantismo capitalista”.

El pilar de Abyla: la Ceuta de siempre

Ceuta es una ciudad con una historia milenaria marcada por su estratégica posición en el estrecho de Gibraltar, lo que la convirtió en un enclave codiciado por fenicios, cartagineses, romanos, visigodos y diversas dinastías musulmanas. Tradicionalmente, los dos pilares de Hércules se identifican en el mapa como los dos cabos que conforman el estrecho, y Ceuta es la que corresponde a Abyla. “Simbólicamente, Ceuta está en el escudo de España, porque es una de las columnas que sirven de sostén al escudo”, me dijo David Muñoz Arbona, profesor de historia del arte y quien fuera senador (PP) por la ciudad en la XIV Legislatura, a quien llamé para que me echara el cuento.

El punto de inflexión hacia su configuración actual llegó en 1415, cuando Ceuta fue conquistada por el rey Juan I de Portugal, lo que dio inicio a más de 160 años de dominio luso que transformaron su estructura urbana y defensiva.

El destino de la plaza cambió definitivamente en 1580, cuando la unión de las coronas ibéricas la puso bajo dominio hispánico, en la época de Felipe II, en cuyo imperio no se ponía el sol. Sin embargo, el momento clave ocurrió en 1640: el día en que Portugal se rebeló para recuperar su independencia, los habitantes de Ceuta “eligieron voluntariamente” mantenerse leales a la Corona española. Esta decisión fue ratificada por el Tratado de Lisboa de 1668, en el que Portugal la cedió formalmente a España. Desde entonces y hasta hoy, Ceuta ha permanecido como territorio español, incluso durante los largos asedios del siglo XVIII, y su soberanía ha sido reconocida por los sucesivos acuerdos internacionales, mucho antes de que Marruecos existiera como Estado moderno en 1956.

Una invasión con playlist de verano

Los sucesos del 30 de julio pasado —día del rey de Marruecos y mientras varios ministros del gobierno de Sánchez celebraban la ocasión en la embajada magrebí en Madrid— mostraron cómo unas 60.000 personas, en su mayoría jóvenes marroquíes, tomaron por asalto la ciudad española de apenas 80.000 habitantes. Se levantaron las alarmas en todas partes, sobre todo en la Unión Europea, menos en la cabeza del presidente Pedro Sánchez, muy entretenido en la búsqueda de los éxitos del verano, cuya lista recomendó a sus seguidores la misma noche de la invasión… “Uh… El baifo… Sí, el chiquillo… El caprichoso…”, se oía la canción de Quevedo, mientras los ceutíes veían cómo la ciudad se llenaba de forasteros, para quienes fue más fácil pasar a nado la frontera —hubo un centenar de muertos en el intento— que saquear el Mercadona.

A pesar de su larga historia como ciudad hispánica, Marruecos no reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla y las reclama como propias, en un expansionismo que contradice el paradigma que apuntaba el Almanaque Mundial 1975: un país africano, medio morenito, excolonia francesa y española, que desde 1976 se comporta como un régimen expansionista al incorporarse, a la macha brava, el territorio del Sáhara Occidental… De este giro geopolítico nadie me advirtió, menos en 1975, cuando comencé a tener noción del mundo.

Así pues, con la invasión del Sáhara —considerado como la provincia 53 de España— mediante la llamada Marcha Verde, 300.000 civiles marroquíes se mudaron a la región y desplazaron hacia el desierto a los nativos saharauis, lo que generó una crisis de refugiados que dura hasta hoy y de la que nadie habla porque los ojos están en otra parte. ¿Algo parecido a lo de Ceuta? “No ni na”, me dijo mi amiga andaluza, o sea…

Este antecedente es clave para entender el miedo de los ceutíes. “No fue invasión; fue recuperación”, dirán los progres mal informados que no logran explicar el fenómeno en sus coordenadas ideológicas.

Esta tensión es un factor subyacente en la crisis actual, y Marruecos la utiliza como una forma de guerra híbrida mediante la instrumentalización de la migración, hecho que tiene como cenit el 30 de julio, pero que desde hace años ha ido cambiando el paisaje humano en España, donde se nota un influjo de marroquíes, en su mayoría hombres jóvenes desempleados.

En los últimos diez años, España pasó de tener 750.000 ciudadanos de origen magrebí a 1.116.000. Muchos llegan pidiendo asilo, por lo que el Estado está en la obligación de aceptarlos, darles cobijo y sustento, lo que muchos españoles califican de efecto llamada, el cual se acrecentó con la decisión de diciembre de 2025, en la que se les dio un permiso temporal de residencia y de trabajo a quienes hubieran llegado antes del 31 de diciembre de ese año, a lo que se acogieron 400.000 inmigrantes ilegales, incluyendo a muchos marroquíes. Desde 2018, 250.000 de estos se han hecho españoles.

Muñoz Arbona califica los acontecimientos del 30 de julio no como una crisis humanitaria, sino como una invasión con “balas humanas” y una forma de guerra híbrida. Según cuenta, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) había advertido de la situación, aunque el Ministerio del Interior lo negó, lo que creó confusión y contradicciones dentro del gobierno de Sánchez.

Más allá de lo que parece, esta avalancha fue cualquier cosa menos espontánea. La comparecencia del presidente español en el Congreso reveló un dato escalofriante: durante las diez horas centrales de ese día, la Gendarmería marroquí, integrada en las Fuerzas Armadas del reino, “permitió el cruce de la frontera”, eso sí, “sin querer queriendo”. El propio rey Mohamed VI, a través de sus ministros, aprovechó la crisis para reclamar la soberanía sobre Ceuta y Melilla, evidenciando que la avalancha humana era un arma de presión política, un ejército desarmado al servicio de sus designios expansionistas.

Cabe entender que, para la mentalidad de muchos musulmanes, todo aquello que alguna vez fue Dar al-Islam (territorio sometido a su religión) y que ya no lo es, solo se da por intervención directa de Satán, porque dichos territorios no deberían estar en manos infieles; por lo tanto, su “liberación” termina siendo una tarea religiosa de la que se deben encargar los que se dejaron arrebatar el territorio. Ciertos sectores marroquíes utilizan esta misma retórica. Llama la atención que Mohamed VI esté consagrado en la Constitución de 2011 como Amir Al-Mu’minin (comandante de los fieles), y esa combinación de militarismo y religión en un mismo título debería decirnos algo.

Así pues, según este discurso tan antihistórico y encuadrado en la guerra santa (yihad), no solo Ceuta es marroquí, sino también Melilla, las islas Canarias, y algunos hasta han tenido el tupé de reclamar todo Al-Ándalus; o sea, casi toda España y Portugal. Ciertamente, esos territorios estuvieron unidos en tiempos de la media luna, pero se administraban desde Córdoba, no desde Marrakech.

Aunque no sean muy afectos a los derechos humanos ni a la democracia, algunos gobiernos donde priva una teocracia disfrazada utilizan los valores occidentales para sus propios objetivos: nuestra sacrosanta tolerancia —que defiendo como un valor indispensable para nuestra convivencia—, al caer en manos inescrupulosas, se puede revertir contra nosotros por ideologías absolutistas que niegan toda igualdad a las otras religiones, como lamentablemente parece ser el islam, donde los cristianos y los judíos seríamos aceptados, sí, pero como ciudadanos de segunda (dhimmis) y pagando impuestos (yizia), tal como pasaba en tiempos de los califas, cuando la sharia (ley coránica) imperaba.

Evidentemente, hay de todo en la viña del Señor y la mayoría de los musulmanes actuales son personas decentes —me consta— y sin ningún objetivo oculto. A esto hay que agregar que, según el analista israelí Gabriel Ben-Tasgal, apenas 10 % —uno de cada diez— tiene una visión integrista, fanática y antioccidental. El dato que falta aquí es que hay 1.400 millones de seguidores de esa religión, y una décima parte equivaldría a un país tan poblado como México.

Así pues, el Almanaque Mundial, que prometía un mundo mejor en la medida en que las colonias se independizaran y se convirtieran en democracias modernas y occidentalizadas, no contaba con la astucia de gente como Mohamed VI, que —según investigaciones de periódicos como El País, El Confidencial, The Guardian y el consorcio de investigación Forbidden Stories— guarda muy importantes secretos del presidente Sánchez, luego de que supuestamente le instalara un virus espía Pegasus en su celular que lo mantendría escuchando su playlist de verano, mientras los ceutíes se encierran en sus casas sin poder salir a la calle.

Ceuta no es ni nunca será gocha

Volviendo los ojos al mapa de Venezuela, nuestra Ceuta, así como otros puertos del sur del lago, también estuvieron ante las apetencias expansionistas de gobiernos fronterizos, esta vez a principios del siglo XX, cuando se desató una disputa territorial entre el Zulia y sus vecinos Trujillo y Mérida, luego de que el Congreso decidió darles a estos dos últimos estados salida al mar vía lacustre, y les cedió los puertos de La Ceiba y Palmarito, respectivamente. Aún recuerdo un reportaje que hizo la División Informativa de RCTV en los años 90, donde una mujer con acento zuliano decía que ella, habitante de la zona, jamás se iba a considerar gocha, porque maracucho es maracucho aunque lo fajasen chiquito.

Pero ¿equivale esto a un conflicto como el que sucede en el estrecho de Gibraltar? No, porque la llegada masiva de trujillanos a Ceuta no alteraría la cultura ni la lengua, como no se altera cuando miles de zulianos se van a La Puerta a coger fresco. Sería un mero hecho anecdótico, como cuando Yaracuy se independizó de Lara (1906) o como cuando millones de colombianos se vinieron a vivir a Venezuela entre los años 60 y 80.

A pesar de la diferencia sustancial, tanto la Ceuta española como la venezolana tienen algo en común: la queja por el abandono del gobierno central, ambas en dimensiones totalmente distintas. Mientras la primera se lamenta de haber perdido el confort que hasta el 30 de julio disfrutó, la otra ve cómo su nombre se va perdiendo en un lago cada vez más contaminado, donde la lemna mata la pesca y el olor a podrido espanta el turismo… Tan olvidada está que apenas hay videos en YouTube que nos hablen de cómo es y solo la gaita de los Cardenales nos recuerda que existe. Ahora bien, su presencia aquí en Venezuela es importante porque es la prueba de la hispanidad de la que está en la costa mediterránea de África…

Defender la españolidad de Ceuta, como también la de Melilla —otra ciudad bajo la mirada ambiciosa de Rabat—, es defender la pervivencia del proyecto civilizatorio que dejó su impronta en el lago de Maracaibo, frente a los embates de quienes, desde el otro lado del Mediterráneo, anhelan su desaparición.


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Artículo publicado originalmente en El Nacional el 7 de septiembre de 2026.

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