
En el café de Gijón, las palabras sueñan.
(Imagen generada por Gemini IA)
Nosotros, los que heredamos la palabra de Miguel de Cervantes —«el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho»—, los que sabemos con Unamuno que los malos tal vez vencerán, pero no convencerán, declaramos que nuestra lengua no es una reliquia ni un territorio: es una rebelión permanente que se sigue escribiendo cada día en cada rincón de nuestra geografía herida y luminosa.
Porque Federico García Lorca nos advirtió: «La peor de las luchas es la que no se hace», hoy hacemos la lucha de nombrar, de cantar, de contar lo que nadie quiere contar. César Vallejo nos dejó el desgarro y el abrazo: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no sé», pero también la esperanza de que los hermanos sean hermanos. Pablo Neruda lo resume todo: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Y con él, Gabriel García Márquez nos recuerda: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».
Jorge Isaacs nos regaló el suspiro eterno de María; Rómulo Gallegos, la llanura «bella y terrible como la soledad». Miguel Ángel Asturias nos recordó que somos «hombres de maíz» y que la tierra habla en nuestras palabras. Isabel Allende jura que «la memoria es frágil como un jarrón», y por eso la envolvemos en versos y en cuentos. Alejo Carpentier descubrió «lo real maravilloso» en estas tierras, y Mario Vargas Llosa sentenció: «La literatura es fuego».
Andrés Eloy Blanco nos pidió que pintásemos «angelitos negros», porque en nuestro idioma cabe toda la piel. Jorge Luis Borges, con su precisión de ciego vidente, nos dijo: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho». Ernesto Sábato supo que la vida es «la historia del sufrimiento y la esperanza». Julio Cortázar nos enseñó que «andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». Juan Rulfo nos susurró que el más vivo de los vivos «termina por cansarse de vivir», pero nunca nunca de contar. Rubén Darío proclamó: «Si la patria es pequeña, uno grande la sueña».
Las palabras que nos agitan crean mundos y sensaciones que todos compartimos: Manuel Puig desnudó el deseo en un beso de mujer araña; Teresa de la Parra escribió las memorias íntimas de nuestra ternura; Vicente Huidobro lanzó su grito de vanguardia: «El poeta es un pequeño Dios». Y Rubén Blades puso los timbales al sentenciar: «La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida».
Mario Benedetti añadió la lucidez cotidiana: «No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños». Y Eduardo Galeano nos dejó el mandamiento más dulce: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar».
Una voz dominicana dijo una vez que «solo la lectura salva a los pueblos» (Pedro Henríquez Ureña), y por eso leemos hasta en los silencios; por eso nos levantamos con «la esperanza es la única bagaje que nunca debemos perder» (Claribel Alegría).
Escuchamos a quien escribió: “Yo no quiero ser poeta así. El poeta no es cantor de bellezas” (Donato Ndongo). Porque la poesía no es un adorno, sino una herida que se vuelve canto. Porque el idioma también duele, también denuncia.
Oímos a una mujer que proclamó: «Yo soy la vida, la fuerza, la mujer» (Julia de Burgos). Porque el español es femenino, es carne, es ternura y es rabia, como un retruécano de sor Juana Inés.
Augusto Roa Bastos nos legó una de las frases más verdades más incontrovertibles: «Ninguna historia puede ser contada… Ninguna historia que valga la pena ser contada. Mas el verdadero lenguaje no nació todavía», porque siempre estamos inventando el idioma, siempre estamos pariendo palabras nuevas para nombrar un mundo que no termina de nacer.
Este manifiesto no es un monumento: es una semilla. Porque el español es la lengua de Garcilaso y Gabriela Mistral, sí, pero también la de la abuela que teje cuentos sin saber que es poeta, la del niño que inventa palabras, la del migrante que la protege como un amuleto. Es la lengua de todas esas voces que acabas de oír y de muchas más que no nombramos, pero que están ahí, en cada esquina del continente y del mundo.
Hoy, Día Mundial del Idioma Español, declaramos que no hablamos una lengua: la habitamos. Y ella nos agita con todas nuestras contradicciones, todas nuestras sangres, todas nuestras esperanzas. Es una lengua que no se queda inmóvil en los libros, sino que vibra en cada palabra que se teclea, en cada canto callejero difundido en redes, en cada reflexión que se difunde por los radio transistores del mundo.
Que nadie la enjaule en la pureza. Que viva su mestizaje, su calle, su furia, su ternura. Porque como escribió César Vallejo —y con él cerramos—: «Hay, hermanos, muchísimo que hacer».
¡A hacerlo, pues! ¡En español, siempre! Con la palabra de todos, que cobija a hombres y mujeres. Con la palabra que es también cuerpo, territorio, memoria y rebeldía.
Instituto Panhispánico del Español Global















